05 de January del 2026 a las 22:25 -
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Por segunda vez las guitarras de autor quedan fuera de los apoyos culturales
La publicación de los proyectos apoyados en el segundo llamado anual del Fondo Nacional de la Música vuelve a dejar una sensación difícil de eludir: ciertos oficios, ciertas prácticas y ciertos recorridos continúan sin encontrar lugar dentro del esquema de apoyos vigente.

(Escribe,  Sergio Pérez) Hay decisiones que, aun cuando se presentan bajo la forma de listados y resoluciones administrativas, producen efectos profundos en el campo cultural. No por lo que dicen explícitamente, sino por lo que revelan en silencio. La publicación de los proyectos apoyados en el segundo llamado anual del Fondo Nacional de la Música vuelve a dejar una sensación difícil de eludir: ciertos oficios, ciertas prácticas y ciertos recorridos continúan sin encontrar lugar dentro del esquema de apoyos vigente.

La guitarra de autor y la luthería nacional forman parte de ese universo que parece quedar siempre a un costado. No por ausencia de calidad, ni por falta de propuestas, ni por carencia de impacto cultural. La realidad muestra exactamente lo contrario. Instrumentos construidos en talleres uruguayos son buscados por músicos extranjeros, circulan en escenarios internacionales y son reconocidos por su calidad sonora y su singularidad expresiva. Ese dato, lejos de ser anecdótico, debería encender más de una alarma.

La luthería es un oficio exigente. Requiere tiempo, conocimiento profundo de los materiales, comprensión acústica, precisión artesanal y una sensibilidad estética que no se adquiere rápidamente. Cada instrumento es el resultado de meses de trabajo silencioso, de pruebas, ajustes y decisiones que no admiten improvisación. No responde a lógicas de producción acelerada ni a resultados inmediatos. Su valor se construye en el proceso y se confirma en el tiempo.

Sin embargo, ese tipo de prácticas parece tener dificultades para dialogar con los mecanismos actuales de evaluación cultural. Cuando una situación se repite en más de un llamado, deja de ser circunstancial y pasa a formar parte de una estructura. Allí es donde la reflexión se vuelve necesaria. No para impugnar un fondo puntual, sino para interrogar el modo en que se conciben hoy las políticas de apoyo al arte.

En los últimos años se ha ido consolidando una lógica de evaluación que privilegia la correcta adecuación a determinados marcos conceptuales por encima del trabajo artístico en sí mismo. La exigencia de que los proyectos incorporen enfoques transversales —presentados como incuestionables— ha terminado, en muchos casos, desplazando el eje de análisis. El centro ya no parece estar puesto en la calidad, la trayectoria, el oficio o la densidad cultural de la propuesta, sino en la capacidad de enunciar correctamente ciertos lenguajes esperados.

Ese corrimiento genera un efecto concreto: el talento deja de ser el factor decisivo. El proyecto se transforma en un ejercicio de formulación discursiva antes que en una expresión artística sólida. El oficio queda subordinado a la retórica. La creación, condicionada por la forma en que se presenta y no por lo que realmente aporta.

Este fenómeno no afecta únicamente a la luthería. Impacta en amplios sectores del campo artístico, especialmente en aquellos donde el valor reside en procesos largos, en saberes acumulados y en prácticas que no se ajustan fácilmente a consignas generales. Cuando el sistema premia la adecuación formal por sobre la excelencia, la cultura pierde espesor.

La consecuencia es una escena cada vez más homogénea, donde la visibilidad no siempre guarda relación con el peso cultural de las obras. Se confunde representatividad con excelencia, y se instala una lógica donde el reconocimiento parece depender más de cumplir ciertos requisitos externos que de sostener un trabajo riguroso y consistente.

La decepción que esto genera no es menor. No se trata de una resistencia al cambio ni de una negación de debates necesarios. Se trata de advertir que una política cultural que pierde de vista el talento, el oficio y la profesionalidad termina debilitando aquello que dice querer fortalecer.

El problema no radica en la existencia de fondos públicos. Su rol ha sido y sigue siendo fundamental. El problema aparece cuando se convierten en el único horizonte posible para el desarrollo artístico. Cuando la mayoría de los proyectos queda sistemáticamente fuera, la espera se vuelve una condición naturalizada del trabajo cultural. Se espera un llamado, una selección, una oportunidad que habilite avanzar un paso más.

Para oficios que requieren inversión material significativa, esa espera prolongada se vuelve insostenible. La luthería no puede desarrollarse únicamente sobre la expectativa de un subsidio eventual. Necesita marcos estables, reconocimiento institucional y políticas específicas que comprendan su naturaleza.

Pensar el desarrollo de las artes exige ampliar el repertorio de herramientas disponibles. Existen alternativas concretas que merecen ser exploradas. Los programas de compras institucionales permitirían incorporar instrumentos de autor a conservatorios, escuelas y espacios de formación, fortaleciendo tanto al oficio como a la educación musical. Las líneas específicas de acceso a instrumentos reconocerían su condición de herramientas de trabajo y no de bienes suntuarios.

Las residencias, los talleres abiertos, los circuitos de exhibición y las políticas patrimoniales ofrecen caminos posibles para visibilizar y sostener prácticas que hoy quedan en los márgenes. La luthería reúne condiciones claras para ser entendida como patrimonio cultural inmaterial, con todo lo que ello implica en términos de transmisión intergeneracional, investigación y proyección.

Repensar los criterios de evaluación cultural se vuelve indispensable. No todas las prácticas responden a los mismos tiempos ni a las mismas lógicas. Incorporar miradas específicas no debilita el sistema: lo fortalece. Permite que la diversidad cultural sea real y no meramente declarativa.

La situación de la guitarra de autor interpela algo más profundo que un listado de proyectos apoyados. Invita a revisar cómo se construyen las prioridades culturales y qué lugar se le otorga al trabajo serio, sostenido y silencioso. Defender el talento, el oficio y la excelencia no es una postura conservadora. Es una condición básica para que la cultura conserve densidad, sentido y proyección.

Reconocer los límites del sistema actual, asumir la decepción con honestidad y animarse a imaginar otros caminos constituye una responsabilidad colectiva. De eso dependerá que los saberes que dan forma a nuestra identidad cultural no queden relegados por una lógica que, en nombre de buenas intenciones, corre el riesgo de perder de vista lo esencial.

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